Ilusiones A Resguardo Ilusiones A Resguardo

Usted está aquí. En un gran placard” anuncia un cartel en la entrada. El gran placard mide 600 metros cuadrados y, cuando la catalogación de cada pieza esté terminada, va a albergar un acervo de 30.000 prendas: es el patrimonio que produjo y logró conservar, desde 1963 a esta parte, el taller de sastrería del Complejo Teatral de Buenos Aires. Inaugurado ayer en Chacarita, el “placard” se convirtió en el centro de vestuario teatral más grande de Latinoamérica.

Hay que abrigarse para recorrerlo: conservar textiles, según las normas internacionales, requiere que las prendas estén a una temperatura de entre 17 y 18 grados. Los mismos aires acondicionados que regulan la temperatura se ocupan de que no haya humedad en el ambiente y cada uno de los nueve pasillos en los que hay ropa colgada de los dos lados y en tres niveles de altura distintos –hay que guardar 30.000 prendas– tiene su propia iluminación. “Es mejor que la luz esté apagada porque destiñe los colores”, explica Aníbal Duarte, jefe de sastrería del Complejo Teatral.

El Centro de Vestuario Teatral costó 12 millones de pesos, financiados entre los ministerios de Cultura y Desarrollo Urbano de la Ciudad y fondos obtenidos por la Fundación Amigos del Teatro San Martín a través de la ley de mecenazgo. Y vino a corregir una situación en la que las prendas producidas en el taller de sastrería –que funciona en el San Martín- se arrumbaban en contenedores o, cuando ya no había más espacio allí, en bolsas rotuladas con marcador. En el galpón de Gregoria Pérez 3637, donde ayer fue el acto inaugural, la ropa padeció durante años la humedad e incluso lluvias, allí donde el techo ya se había picado. “Aníbal Duarte nos explicó que este deterioro podía implicar perder gran cantidad del patrimonio, y decidimos hacer este proyecto que empezó en 2012”, explicó Eva Soldati, presidenta de la Fundación Amigos.

En ese backstage, ese gran placard, hay de todo: las prendas están ordenadas por la época en las que se las usaba, por color, por morfología –no es lo mismo una camisa que un vestido de novia– y por talle. Y todo está informatizado: se desarrolló un software que permite saber dónde y en qué condiciones está cada prenda. Se proyecta que, con él, el público pueda acceder al catálogo de esta colección.

“Es una colección viva, las prendas se reacondicionan todo el tiempo para nuevas obras, para nuevos actores”, explica Duarte, aunque aclara: “Hay tesoros. Unas 300 piezas que ya no van a modificarse ni usarse por quién las vistió, quién las diseñó o incluso quién las cosió”. Un ejemplo es la capa que usó Alfredo Alcón en su última obra, Final de partida: ayer la usó por última vez Nacho Gadano en un desfile inaugural, del que también participaron Alejandro Paker, Ana María Cores, Leonor Manso, Andrea Bonelli y Martín Slipak, entre otros. Por la pasarela caminaron Romeo, Enrique IV, un mercader veneciano, una bailarina de cabaret, la princesa de Borgoña y un tanguero.

Hay de todo en esos nueve pasillos: un sombrero que resiste el frío siberiano, otro como el que usaba Napoleón para conquistar tierras y uno para andar por las campiñas francesas que pintaba Monet. La ropa psicodélica que Renata Schusseim diseñó para Romeo y Julieta en los 70, chalecos de fuerza que hubo que confeccionar durante tres meses hasta que la tela resistiera la interpretación de la locura sobre el escenario en la obra Marat Sade, trajes militares realistas y criollos, sacos tejidos al crochet e influidos por el hippiesmo, vestidos que permitan imaginarse a María Estuardo, pijamas de toalla y batas de animal print.

“¿Te quedarías sola de noche acá?”, le preguntó una amiga a otra durante la recorrida de ayer. Lo conmovedor de los nueve pasillos es que sirven para componer cualquier personaje, para inventar cualquier mundo. La chica de la pregunta lo sabe: hay personajes esperando salir a escena.

Fuente: Clarín

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